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Grupo salvaje, de Sam Peckinpah


 El Chorrillo, 20 de mayo de 2015

Grupo salvaje, de Sam Peckinpah

Una película que vi tiempo ha bailaba en mi retina en estos días de campaña electoral como una premonición  de esa desesperada guerra del PP, escorpiones que un día habrán de perecer ante un no muy amable levantamiento de las hormigas, por continuar succionando del tejido social los réditos del trabajo común. Una guerra sin cuartel para un tiempo de paz en que las armas habrán de ser sustituidas por una conciencia de clase capaz de usar inteligentemente las urnas.


Grupo salvaje

Sam Peckinpah. Grupo salvaje.
Las hormigas devoran a los escorpiones
mientras los niños de ojos grandes
como estrenando mundo
meten sus palitos y cubren de himenópteros
la rosada desesperación de los condenados a muerte,
ríen, juegan serenamente acuclillados sobre el hormiguero.
Película de espectáculo de niños, de hormigas,
del hombre cazando al hombre
del hombre que ríe
de la mujer que llora y canta
del general que juega a la guerra.
La broma de vivir,
los ojos negros negros, los abstemios,
el oro del rey Midas presente como Dios
al principio y final de todas las catástrofes.

Suena la noche del tecnicolor como un grito entre las manos
como un largo túnel
que esponjara la voz
hasta convertirla en el bramido irreconocible
de una solitaria parturienta
a quien la vida de sus entrañas
reclamara su luz cuando la luz no existe
y todo es oscuro como una quebrada existencia sin esperanza;
bramido prolongado en la resonancia
de las concavidades de la cueva,
largo intestino petrificado
en donde sólo se oye la voz del silencio,
y muy de tarde en tarde
el gorgojeo de un lejana y flatulenta digestión.

Suena un silencio grave
sobre la faz de aquel desierto de piedra.
Por la puerta de la ciudad desfilan
huyendo del hedor de la descomposición de los cadáveres
como judíos sin tierra
gentes llenas de polvo con el cuerpo oliendo
al acre aire que dejaron los muertos.
La ciudad ya es de la sangre
de la estúpida muerte,
hormigas y escorpiones arden
ante los ojos de los niños rientes.
De todos los anhelos ciegos
de las razones estúpidas que salen del cuerpo de los hombres
de su infantiles pasiones
sólo queda el terrible reguero de sangre
los restos de la pira de una ciudad en llamas.
El círculo se cerró
el largo callejón sin salida se convirtió en fondo de mina
en donde de pronto cedieron los soportes.

Apoyado sobre las jambas del desastre
los ojos vacíos, el semblante abrumado
un hombre medita largamente mientras los títulos de crédito
cierran con sus risas la oscuridad del cinematógrafo.


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